jueves, 18 de noviembre de 2010

Soja Transgenica

Soja transgénica

Más del 95% de los cultivos de soja del país son transgénicos. Un transgénico es cualquier organismo al que, mediante técnicas de laboratorio, se le agrega uno o más genes de otra especie, con el fin de otorgarle una característica que dicho ser vivo no posee. Los primeros transgénicos se crearon en la década del ´80, aunque su comercialización masiva se inició recién en los ´90. Se han producido, y se producen continuamente, organismos transgénicos con distintas finalidades. Por ej.: como herramienta de laboratorio para comprender más acerca de la genética y la función de los genes; como modelos para el desarrollo de drogas y tratamientos terapéuticos; para la producción masiva de ciertas sustancias, etc. Entre las especies agronómicas, lo que se busca es otorgarles alguna ventaja frente a la amenaza de las plagas, y así mejorar su rendimiento. En el caso de la soja, se le introdujo un gen que hace que la planta sea resistente a los efectos de un herbicida (producto químico para matar plantas). De este modo, se puede echar el herbicida sobre la soja transgénica sin dañarla, y matar a las malezas, es decir a todas las especies de plantas silvestres que bajen el rendimiento de la producción sojera. El herbicida, según sus fabricantes, tiene un efecto local acotado y una rápida desintegración, de modo que no es perjudicial para el ambiente ni para la salud de otros seres del entorno. Esto, como veremos a continuación, es totalmente falso. Como también es falsa la excusa de que se valieron, ¡y se siguen valiendo!, las empresas que comercializan las semillas transgénicas: con el argumento de que la producción transgénica rinde más, los promocionan como “la solución para el hambre del mundo”. Pero veamos por qué es falso. Por un lado, se ha demostrado que los transgénicos ya no producen más; se han desarrollado malezas resistentes a los herbicidas; y las cosechas requieren cada vez mayores cantidades de agroquímicos y fertilizantes, lo que implica un mayor costo para el productor, y consecuencias nefastas para la salud y el ambiente. Por otro lado, no es que el planeta no tenga capacidad de producir alimento suficiente para todos los habitantes, sino que se hace una distribución desigual de la producción. Sencillamente, los pobres no tienen plata para comprar comida. Para combatir el hambre del mundo son necesarias políticas públicas, eficiencia presupuestaria del Estado, y una sociedad justa e informada que clame por soluciones. La experiencia demuestra que contra el hambre es mucho más eficaz el cultivo de especies y variedades que se han desarrollado a nivel local, y no una política de promoción de monocultivos a gran escala, en donde el productor debe comprar la semilla a un par de multinacionales. Así, impiden a los agricultores el ejercicio ancestral de guardar y reutilizar sus semillas. Algunos creen que el debate pasa por si es “peligroso comer alimento transgénico”. Y más allá de que, hay mucha evidencia del efecto nocivo de los transgénicos sobre la salud, el debate es aún mucho más profundo. No se trata de si comer transgénicos hace mal o no, se trata de oponerse a un modelo de producción que concentra el mercado de las semillas en manos de unas poquísimas empresas, que envenena el ambiente y que destruye la biodiversidad, poniendo en riesgo la capacidad futura para cultivar alimento sano y variado.

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